Los Juegos de Río: caros, pero buenos. Por Jorge Barraza

Colombiana Caterine Ibargüen, medalla de oro en triple salto (foto Alexander Hassenstein / Getty Images / Río 2016)

Brasil, Colombia y Argentina fueron los abanderados de Sudamérica

Colombiana Caterine Ibargüen, medalla de oro en triple salto (foto Alexander Hassenstein / Getty Images / Río 2016)
Colombiana Caterine Ibargüen, medalla de oro en triple salto (foto Alexander Hassenstein / Getty Images / Río 2016)

 

Jorge Barraza
Jorge Barraza

Por: Jorge Barraza

Los Juegos Olímpicos son la primavera del deporte, la estación en que reflorece. Generan entusiasmo, nos envuelven en ese torbellino de transmisiones televisivas en las que se cruzan pesistas con remeros, judocas con tenistas, nadadores con gimnastas, marchistas, lanzadores de martillo, de bala, de jabalina… Son diecisiete o dieciocho días animados por competencias constantes con las que nos vamos familiarizando después de cuatro años de puro fútbol. Les vamos tomando la mano a las distintas disciplinas con los días, adoptando su lenguaje. Nos distraen de las ocupaciones habituales, ni qué decir la excitación cuando compite un compatriota… Son bellísimas las Olimpíadas, un gran jubileo universal, multitudinario y multicolor donde por todas partes flamean banderas y resuenan himnos (¡Qué lindos son los himnos… qué emotiva solemnidad tienen!). Los Juegos nos mantienen en alegre agitación en esas poco más de dos semanas.

Es la magna celebración de los deportes anónimos, de los grandes olvidados de la prensa, donde el fútbol no es el acostumbrado rey de la selva sino una especie más. Y aunque ahora el olimpismo está abierto a lo profesional, siempre impera el espíritu amateur, el anhelo de representar al país por sobre la recompensa en metálico. Los futbolistas son unos grandes millonarios que parecen no caber dentro del movimiento olímpico.

Cada quien se lleva su propia impresión de un evento. Muchas veces está relacionado con las experiencias personales. En nuestro caso, quién sabe si por la vecindad, estos de Río 2016 nos parecieron unos Juegos Olímpicos maravillosos. Los espléndidos escenarios, la pulcra organización, la sensación de fiesta deportiva que emanaron (aunque hubo un ejército de casi 90.000 personas custodiando…). Todo lo que la televisión mostró fue impecable. Y casi no hubo quejas, ni de atletas ni de periodistas. Sobre todo, nos parecieron sencillos, muy humanos.

 

Con las exigencias actuales, no nos parece de gran utilidad hospedar unas Olimpíadas, hay mucho más para perder que para ganar. El costo es altísimo (se calcula que la factura de Río 2016 asciende a 20.000 millones de dólares), la beneficiada es una sola ciudad, y no principalmente en obras públicas sino en recintos deportivos. Eso sin contar la severa crisis institucional, política y económica que atraviesa el anfitrión. Tal vez es preferible invertir en fomentar deporte, en formar atletas. A cambio, Brasil derrumbó muchos augurios catastróficos en cuanto a lo organizativo. Demostró que se pueden montar los Juegos en otro sitio que no sean Alemania, Inglaterra o Estados Unidos. No es tan grave. El tema es tener los 20.000 millones. O no tenerlos y endeudarse.

 

Colombia hizo unos juegos excelentes, con su pico histórico de medallas. Y sobre todo con 3 oros en una sola Olimpíada contra 2 de todas las anteriores juntas.

En lo deportivo, el local cuenta con el empuje anímico que da sentirse en casa, incentivo que siempre potencia sus participaciones. En este caso, Brasil (18 medallas hasta ayer) no mejoró ostensiblemente su rendimiento de Pekín 2008 (fueron 15) y de Londres 2012 (17) aunque sí ganó más de oro (6 contra 3 y 3). Fue una participación agridulce pues, aun sin medallas, tuvo buena actuación en casi todos los deportes (por fin pudo coronarse en fútbol), pero igual se esperaba mucho más por la localía y por el alto número de deportistas: 485, el segundo después de Estados Unidos (567). Como ahora se llega por clasificación a los Juegos, tal cantidad pondera al deporte brasileño en general. Claro que son casi 210 millones de habitantes.

Como sea, Brasil, Colombia y Argentina fueron los abanderados de Sudamérica. Colombia hizo unos juegos excelentes, con su pico histórico de medallas. Y sobre todo con 3 oros en una sola Olimpíada contra 2 de todas las anteriores juntas. Brillante si miramos que en Atenas 2004, apenas 12 años atrás, finalizó con apenas 2 bronces. Sigue creciendo el deporte colombiano. Y tiene el componente afro en su biotipo, excepcional para toda competencia física.

La participación argentina, más allá de las 3 medallas doradas, es festejada porque viene logrando un alto desempeño en muchas disciplinas. Sobre todo en los deportes de equipo. Llegar seguido a cuartos de final, semifinal o incluso ganar un oro en los deportes colectivos es muy meritorio: eternamente hay que pelear contra Estados Unidos, Alemania, Rusia, China, Gran Bretaña, Australia, Holanda, Italia, Japón, Corea del Sur… El sólo hecho de clasificar a los Juegos en vóley, básquet, hándbol, hockey, rugby, fútbol es sumamente difícil. Una selección que es cuarta en estas disciplinas es una potencia, y no suma medallas… El deporte genera una mística nacional en la Argentina. Además, se desenvuelve en un contexto complicado de país. Argentina recién empieza a salir de la corrupción y el desorden institucional, político y económico de los últimos doce años. Y el deporte, en general, es reflejo del bienestar de una nación. Si no, observemos el reparto de medallas por continente: África obtuvo el 4% frente al 47% de Europa

Bolivia, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay no entraron aún en el medallero. Y Venezuela aportó 1 plata y 2 bronces a Sudamérica. La cosecha global de nuestro subcontinente no es halagadora; sumando todas las preseas (Brasil, Colombia, Argentina y Venezuela), 33 en total, estaríamos octavos por cantidad, detrás de Francia, que suma 36. No obstante, es auspiciosa la evolución de Colombia y Argentina.

Se acabó la era de las repúblicas “democráticas” como Alemania Oriental y otros regímenes oscuros que “curiosamente” arrasaban con muchas pruebas y desvirtuaban el medallero. Era muy simpático, la RDA no tenía ni intemperie, pero ganaba 37 oros, 35 platas, 30 bronces.

Un párrafo aparte para lo que creemos una inequidad en el reparto de medallas por deporte. El vóley, por ejemplo, requiere de 8 partidos (y ganar obligadamente los últimos 4) para conquistar el oro. Es un juego de equipo, los partidos pueden durar horas y recibe una sola medalla. En natación, a Michael Phelps (un fenómeno, por cierto), le demandó alrededor de 16 minutos en el agua para lograr 5 oros y una plata. La natación reparte 36 medallas, el vóley 2. Suena desproporcionado. Lo mismo pasa con el fútbol, el básquet, el hockey. Para equiparar un poco, los deportes grupales podrían sumar un oro por integrante. Caso contrario, al fútbol deberían darle un oro al goleador, otro al arquero menos vencido, al que consigue más córners, etc.

Final: qué bueno que ahora la mayoría de los deportes dirime las jugadas polémicas con video, para ponerse a salvo de los errores históricos de los jueces. Que ya casi no tienen ninguna influencia, afortunadamente. Menos en fútbol, claro. El anticuado fútbol va a estudiar si en los próximos años aplica el video… Todos los deportes evolucionan, se superan, se modernizan. El de la número cinco, en cambio, es un deporte de nostálgicos. Sus hinchas son los únicos que están convencidos de que antes todo era mejor.

 

(*) Columnista de International Press desde 2002. Ex jefe de redacción de la revista El Gráfico.



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